Hace muchísimos años, los Baguhuambisvivían felices en medio de la exuberante vegetación entre los majestuosos ríos Marañón y Utcubamba. Cuenta la historia que en aquel tiempo, éstos eran conocidos como ríos porque sus aguas eran tan tiernas, dulces y cristalinas que desde sus orillas hasta lo más profundo de sus remansos, se podía observar muchísimo oro esparcido a lo largo delrio como si fuesen perlas doradas sonriendo bajo los alegres rayos del sol.
En las noches de luna llena, la tribu, usando sus mejores atuendos, se reunía alrededor de una hoguera y mientras las hermosas núas entonaban melodías, todos danzaban rituales, adorando y dando gracias a su dios Cotivasel. Estaban tan dichosos con su selva que parecíanreyes caminando sobre las suaves y floridas alfombras de aquel paraíso.
Todo iba de maravilla; pero cierto día pasó por allí una tribu foránea y, al ver tanta riqueza, quedaron atónitos, extasiados; entonces cegados por la ambición, expulsaron a los Baguhuambis y se apoderaron de gran parte de la Amazonía.
Ante la presencia de los ambiciosos, los nativos se retiraron río abajo a lo más profundo de la selva. Desde allí vivían en armonía y paz. Pedían a su dios que aleje a los intrusos, pero por desgracia, mientras la selva gemía presagiando su mala suerte, detrás del oro llegaron más tribus malvadas y también más vicio y corrupción.
Todos sacaban su propio oro y lo amontonaban en las orillas de los ríos formando enormes montones. Con tanta riqueza y con cientos de animales selváticos para comer, ya nadie quería trabajar, ni hacer nada; sólo querían estar en ocio , discutiendo, emborrachándose, peleándose, robándose y matándose unos a los otros. Aquel fascinante paraíso poco a poco se convirtió en un terrible y peligroso infierno verde.
Pronto la población de los foráneos se hizo numerosa. Entonces, en un plazo de dos lunas eligieron como jefe al hombre más avezado de todos. Era corpulento y tenaz, experto para la caza y hábil para la lanza, la cerbatana y el arco. Se llamaba “Nuncán” porque en las luchas a muerte nunca había sido derrotado por nadie.
Con éste en el poder, el vicio, la maldad y la corrupción se triplicó y en vez de ayudar a la gente a salir del caos moral en que vivía, se adueñó de toda la selva, le declaró la guerra a los Baguhuambis y mandó matar al Apu. Pero Cotivasel convertido en viento lo escondió en las copas más altas de los árboles y su plan del malvado quedó frustrado.
Encolerizado entonces, ordenó que incendiaran todas sus viviendas, pero esa noche apenas prendieron fuego cayó una torrencial lluvia y los Aguhuambis lograron escapar.
Ante esto más airado que nunca, mandó secuestrar a todas las jovencitas de la comunidad y él mismo dirigió la operación, pero cuando llegó con sus hombres, una manada de furiosos sajinos salió a su encuentro y a muchos les hicieron pedazos. Cotivasel había salvado al Apu y a su gente llevándoles al corazón de la selva. Desde aquella vez, ambas tribus quedaron como eternos enemigos.
Así transcurría el tiempo. Sin embargo, un inesperado día,el hijo de Nuncán decidió salir a pasear en su canoa y mientras disfrutaba las maravillas de la naturaleza; divisó entre las hojas de unos tiernos aguajes, encontró una hermosa joven bañándose en el río. Estaba refrescándose tiernamente en las cristalinas aguas del Marañón. Allí, parada sobre las perlas doradas, abrazadas por el sol y acariciada por el viento, parecía una encantadora sirena musitando melodías a sus dioses.
Él, bajó de la canoa con cautela y se acercó sigilosamente cuanto pudo estaba impresionado de la hermosa joven. Su corazón palpitó aceleradamente. El fuego de la pasión se apoderó de su alma y quedó prendado de ella.
Al día siguiente, regresó al encantador lugar y le dejó un hermoso ramo de orquídeas. Luego se escondió. La núa llegó. Se detuvo y miró a todos lados, cogió las flores silvestres, las acarició apasionadamente y besándolas muchas veces con ternura colocó algunas de ellas en su pelo. Al instante apareció el joven en su canoa ante lo cual la chica sonriendo e envió un beso volado. Se entrecruzaron sus miradasy al estar juntos en un sublime beso se juraron amor eterno. Aquel corazón salvaje había sido conquistado ya pesar que su relación amorosa era imposible, desde aquella vez todos los días se veían en secreto.
Por fin decidieron casarse, peroal presentarse al Apu a pedir la mano, el joven fue atado a un árbol y azotado con ortiga hasta dejarlo inconsciente. La chica, conmovida por la tortura, a escondidas de su padre lo liberó y como pudo lo arrastró hasta su canoa. Ella misma remó río arriba y puso a su amado a salvo. Entonces, el joven despertó le dijo.
Gracias por salvarme ahora estaremos juntos por siempre, La joven sólo respondió con una leve sonrisa y muy diestra en remar, como por arte de magia desapareció entre las aguas.
El muchacho estaba loco por su amor y dispuesto a todo, así es que pasado el castigo buscó al mejor brujo de aquel tiempo y luego de entregarle valiosas pieles y un poco de oro, convinieron en que el conjuro sería la próxima luna llena.
Llegó por fin el momento esperado. Una noche cuando losBaguhuambis estaban danzando alrededor de la hoguera, un escalofriante rugido estremeció el silencio de la oscuridad y todos quedaron paralizados. Por unos instantes. Sólo las sombras de los árboles proyectadas por la luna, pululaban misteriosas de un lado a otro.
El Apu y sus hombres acostumbrados a la selva se pusieron en guardia. De pronto, de entre los arbustos apareció amenazante un enorme otorongo. Avanzaba agazapado, cauteloso, mostrando sus filosos colmillos. Sus vivaces ojos parecían estar buscando a su presa favorita.
Con la velocidad de un rayo se lanzó sobre su víctima y en segundos con la jovencita hija del Apu entre sus dientes desapareció en la oscuridad.
- Debe ser algún espíritu maligno – replicó el Apu – ¡Todos regresen a sus chozas!
Entonces él, que era gran maestro curandero, ingresó rápidamente a un recinto de hierbas, preparó un brebaje de ayahuasca con aje, lo bebió y luego pronunciando extrañas palabras se revolcó sobre la tierra, siete vueltas a la derecha y siete a la izquierda. Al instante su cuerpo empezó a retorcerse, a temblar y a estirarse hasta que poco a poco se convirtió en una gigantesca boa. Luego golpeando su cola muy furiosa salió tras las huellas del otorongo.
Lo persiguió por varias horas, pero parecía que la tierra lo hubiese tragado. De pronto, miradas fulgurantes como saetas se entrecruzaron por el aire; las dos fieras estaban a corta distancia, listas para enfrentarse en un descomunal combate, el felino estremecía la selva con sus rugidos. La boa con medio cuerpo levantado hacia arriba descortezaba árboles y arremolinaba la maleza que hallaba ante su paso. La chica, desde lo más alto de un higuerón donde había sido llevada por el felino, miraba aterrada aquella escalofriante escena.
En las noches de luna llena, la tribu, usando sus mejores atuendos, se reunía alrededor de una hoguera y mientras las hermosas núas entonaban melodías, todos danzaban rituales, adorando y dando gracias a su dios Cotivasel. Estaban tan dichosos con su selva que parecíanreyes caminando sobre las suaves y floridas alfombras de aquel paraíso.
Todo iba de maravilla; pero cierto día pasó por allí una tribu foránea y, al ver tanta riqueza, quedaron atónitos, extasiados; entonces cegados por la ambición, expulsaron a los Baguhuambis y se apoderaron de gran parte de la Amazonía.
Ante la presencia de los ambiciosos, los nativos se retiraron río abajo a lo más profundo de la selva. Desde allí vivían en armonía y paz. Pedían a su dios que aleje a los intrusos, pero por desgracia, mientras la selva gemía presagiando su mala suerte, detrás del oro llegaron más tribus malvadas y también más vicio y corrupción.
Todos sacaban su propio oro y lo amontonaban en las orillas de los ríos formando enormes montones. Con tanta riqueza y con cientos de animales selváticos para comer, ya nadie quería trabajar, ni hacer nada; sólo querían estar en ocio , discutiendo, emborrachándose, peleándose, robándose y matándose unos a los otros. Aquel fascinante paraíso poco a poco se convirtió en un terrible y peligroso infierno verde.
Pronto la población de los foráneos se hizo numerosa. Entonces, en un plazo de dos lunas eligieron como jefe al hombre más avezado de todos. Era corpulento y tenaz, experto para la caza y hábil para la lanza, la cerbatana y el arco. Se llamaba “Nuncán” porque en las luchas a muerte nunca había sido derrotado por nadie.
Con éste en el poder, el vicio, la maldad y la corrupción se triplicó y en vez de ayudar a la gente a salir del caos moral en que vivía, se adueñó de toda la selva, le declaró la guerra a los Baguhuambis y mandó matar al Apu. Pero Cotivasel convertido en viento lo escondió en las copas más altas de los árboles y su plan del malvado quedó frustrado.
Encolerizado entonces, ordenó que incendiaran todas sus viviendas, pero esa noche apenas prendieron fuego cayó una torrencial lluvia y los Aguhuambis lograron escapar.
Ante esto más airado que nunca, mandó secuestrar a todas las jovencitas de la comunidad y él mismo dirigió la operación, pero cuando llegó con sus hombres, una manada de furiosos sajinos salió a su encuentro y a muchos les hicieron pedazos. Cotivasel había salvado al Apu y a su gente llevándoles al corazón de la selva. Desde aquella vez, ambas tribus quedaron como eternos enemigos.
Así transcurría el tiempo. Sin embargo, un inesperado día,el hijo de Nuncán decidió salir a pasear en su canoa y mientras disfrutaba las maravillas de la naturaleza; divisó entre las hojas de unos tiernos aguajes, encontró una hermosa joven bañándose en el río. Estaba refrescándose tiernamente en las cristalinas aguas del Marañón. Allí, parada sobre las perlas doradas, abrazadas por el sol y acariciada por el viento, parecía una encantadora sirena musitando melodías a sus dioses.
Él, bajó de la canoa con cautela y se acercó sigilosamente cuanto pudo estaba impresionado de la hermosa joven. Su corazón palpitó aceleradamente. El fuego de la pasión se apoderó de su alma y quedó prendado de ella.
Al día siguiente, regresó al encantador lugar y le dejó un hermoso ramo de orquídeas. Luego se escondió. La núa llegó. Se detuvo y miró a todos lados, cogió las flores silvestres, las acarició apasionadamente y besándolas muchas veces con ternura colocó algunas de ellas en su pelo. Al instante apareció el joven en su canoa ante lo cual la chica sonriendo e envió un beso volado. Se entrecruzaron sus miradasy al estar juntos en un sublime beso se juraron amor eterno. Aquel corazón salvaje había sido conquistado ya pesar que su relación amorosa era imposible, desde aquella vez todos los días se veían en secreto.
Por fin decidieron casarse, peroal presentarse al Apu a pedir la mano, el joven fue atado a un árbol y azotado con ortiga hasta dejarlo inconsciente. La chica, conmovida por la tortura, a escondidas de su padre lo liberó y como pudo lo arrastró hasta su canoa. Ella misma remó río arriba y puso a su amado a salvo. Entonces, el joven despertó le dijo.
Gracias por salvarme ahora estaremos juntos por siempre, La joven sólo respondió con una leve sonrisa y muy diestra en remar, como por arte de magia desapareció entre las aguas.
El muchacho estaba loco por su amor y dispuesto a todo, así es que pasado el castigo buscó al mejor brujo de aquel tiempo y luego de entregarle valiosas pieles y un poco de oro, convinieron en que el conjuro sería la próxima luna llena.
Llegó por fin el momento esperado. Una noche cuando losBaguhuambis estaban danzando alrededor de la hoguera, un escalofriante rugido estremeció el silencio de la oscuridad y todos quedaron paralizados. Por unos instantes. Sólo las sombras de los árboles proyectadas por la luna, pululaban misteriosas de un lado a otro.
El Apu y sus hombres acostumbrados a la selva se pusieron en guardia. De pronto, de entre los arbustos apareció amenazante un enorme otorongo. Avanzaba agazapado, cauteloso, mostrando sus filosos colmillos. Sus vivaces ojos parecían estar buscando a su presa favorita.
Con la velocidad de un rayo se lanzó sobre su víctima y en segundos con la jovencita hija del Apu entre sus dientes desapareció en la oscuridad.
- Debe ser algún espíritu maligno – replicó el Apu – ¡Todos regresen a sus chozas!
Entonces él, que era gran maestro curandero, ingresó rápidamente a un recinto de hierbas, preparó un brebaje de ayahuasca con aje, lo bebió y luego pronunciando extrañas palabras se revolcó sobre la tierra, siete vueltas a la derecha y siete a la izquierda. Al instante su cuerpo empezó a retorcerse, a temblar y a estirarse hasta que poco a poco se convirtió en una gigantesca boa. Luego golpeando su cola muy furiosa salió tras las huellas del otorongo.
Lo persiguió por varias horas, pero parecía que la tierra lo hubiese tragado. De pronto, miradas fulgurantes como saetas se entrecruzaron por el aire; las dos fieras estaban a corta distancia, listas para enfrentarse en un descomunal combate, el felino estremecía la selva con sus rugidos. La boa con medio cuerpo levantado hacia arriba descortezaba árboles y arremolinaba la maleza que hallaba ante su paso. La chica, desde lo más alto de un higuerón donde había sido llevada por el felino, miraba aterrada aquella escalofriante escena.
Atacó el gigantesco otorongo y sus filosas garras hirieron profundamente a su rival; La boa quedó aturdida, pero con un certero golpe de su cola arrojó a su enemigo contra un árbol y se lanzó a pelear con él. El felino esquivó el ataque y clavó sus poderosos colmillos en las vértebras del reptil. Entonces éste en un giro veloz también introdujo los suyos en el cuerpo de su atacante y los dos rodaron sobre la hierba. Luego de este feroz ataque, ambos se soltaron y mientras el raptor tambaleaba mal herido, la serpiente como un rayo se deslizó hacia la copa del arbol, cogió a la joven por la cintura y haciendo crujir las ramas se lanzó a tierra; pero el otorongo no estaba dispuesto a perder su presa. A mordiscos y zarpazos hizo soltar a la chica, quien entre gritos desgarradores cayó inerte sobre las hojarascas.
Ahora sí, más enfurecida que nunca, la boa enroscó al felino con su cuerpo y empezó a comprimir con fuerza y más fuerza hasta que trituró los huesos de su rival. Al morir, desapareció el hechizo y se sorprendió mucho, había matado al hijo de su enemigo.
Ahora sí, más enfurecida que nunca, la boa enroscó al felino con su cuerpo y empezó a comprimir con fuerza y más fuerza hasta que trituró los huesos de su rival. Al morir, desapareció el hechizo y se sorprendió mucho, había matado al hijo de su enemigo.
Al enterarse de lo ocurrido Nuncán, reunió a todos los malvados y sedientos de venganza atacaron brutalmente a los Baguhuambis matando y torturando sin piedad a muchísimos niños, mujeres y ancianos.
Entonces Cotivasel que observaba todo estalló en cólera y lanzando huracanes con rayos, truenos y centellas, hizo correr despavoridos a personas y animales de un lugar a otro. Luego, oscureciendo el sol, haciendo temblar el suelo, removiendo la tierra y enviando torrenciales lluvias; los exterminó a todos dejándolos sepultados en medio de los gigantescos bosques de la Amazonía.Todos murieron…todos.
Sólo el viento, las turbulentas aguas de los ríos y el escalofriante silencio desolador quedaba en aquel lugar. Entonces, Cotivasel, al ver ese trágico y devastador panorama se arrepintió de corazón y trató de revivir a sus consentidos “Los Aguhuambis”. Pero al buscar entre los escombros, en las orillas del río Marañón sólo pudo rescatar de las profundidades del lodo, a una joven pareja, los que más tarde dieron lugar a la tribu de los Awajún o Aguarunas. Siguió buscando acongojado hasta que por fin junto al río Utcubamba logró salvar a otra pareja, de la cual descienden los Bagua.
Luego, viéndoles a salvo, ya más calmado y sereno, sabiamente con voz de trueno exclamó:
- Desde hoy en adelante, debido a la ciega ambición y al malvado corazón de los hombres, todo el oro existente en los ríos Marañón y Utcubamba quedará sumergido en sus profundidades y sus aguas ya nunca más volverán a ser cristalinas como antes para que no veáis la riqueza que esconde.
Y así fue desde aquella vez las aguas del río Marañón y del Santiago, turbias por siempre, recorren la selva escondiendo en sus entrañas muchos misterios aún por descubrir y… claro, como recuerdo del oro existente, en época de verano, lavadores de oro van con sus pucos, zarandas y cajones a remover la tierra de sus orillas para después de un arduo trabajo extraer algunos gramos de oro.
La riqueza que amontonaron aquellos ambiciosos son las minas de oro escondidas en la selva. Las cuales en la actualidad están siendo exploradas por el gobierno.
Entonces Cotivasel que observaba todo estalló en cólera y lanzando huracanes con rayos, truenos y centellas, hizo correr despavoridos a personas y animales de un lugar a otro. Luego, oscureciendo el sol, haciendo temblar el suelo, removiendo la tierra y enviando torrenciales lluvias; los exterminó a todos dejándolos sepultados en medio de los gigantescos bosques de la Amazonía.Todos murieron…todos.
Sólo el viento, las turbulentas aguas de los ríos y el escalofriante silencio desolador quedaba en aquel lugar. Entonces, Cotivasel, al ver ese trágico y devastador panorama se arrepintió de corazón y trató de revivir a sus consentidos “Los Aguhuambis”. Pero al buscar entre los escombros, en las orillas del río Marañón sólo pudo rescatar de las profundidades del lodo, a una joven pareja, los que más tarde dieron lugar a la tribu de los Awajún o Aguarunas. Siguió buscando acongojado hasta que por fin junto al río Utcubamba logró salvar a otra pareja, de la cual descienden los Bagua.
Luego, viéndoles a salvo, ya más calmado y sereno, sabiamente con voz de trueno exclamó:
- Desde hoy en adelante, debido a la ciega ambición y al malvado corazón de los hombres, todo el oro existente en los ríos Marañón y Utcubamba quedará sumergido en sus profundidades y sus aguas ya nunca más volverán a ser cristalinas como antes para que no veáis la riqueza que esconde.
Y así fue desde aquella vez las aguas del río Marañón y del Santiago, turbias por siempre, recorren la selva escondiendo en sus entrañas muchos misterios aún por descubrir y… claro, como recuerdo del oro existente, en época de verano, lavadores de oro van con sus pucos, zarandas y cajones a remover la tierra de sus orillas para después de un arduo trabajo extraer algunos gramos de oro.
La riqueza que amontonaron aquellos ambiciosos son las minas de oro escondidas en la selva. Las cuales en la actualidad están siendo exploradas por el gobierno.